martes, 12 de mayo de 2020


EL CUIDADOR FAMILIAR Y LA MAGNITUD DEL CUIDADO DEL ADULTO MAYOR

Velasco Asdrúbal (Dr.)
Profesor Titular a Dedicación Exclusiva. Dr. Ciencias Humanas, Universidad de Los Andes. Mérida, Venezuela. Correo: asdrubalvelasco49@gmail.com

La situación demográfica actual a nivel mundial indica claramente la tendencia al crecimiento de los grupos de personas que superan los 60 años de edad. Desde las últimas décadas, en la población mundial se ha incrementado el número de envejecientes, quienes cotidianamente plantean diversidad de necesidades acordes a esa etapa de la vida. El envejecimiento individual ha estado presente como objeto de estudio en todas las etapas del desarrollo social y ha sido siempre de interés para la filosofía, el arte y la medicina. Sin embargo, durante el presente siglo más personas sobrepasan las barreras cronológicas que el hombre ha delimitado como etapa de vejez y el envejecimiento poblacional se ha convertido hoy en un reto para las sociedades modernas.
La Oficina Panamericana de la Salud (OPS, 2014), en un informe preparado en conjunto con el Instituto Merck para el Envejecimiento y la Salud en América Latina y el Caribe (MIAH), refieren que para el 2025, al menos el 10% de la población tendrá 60 años o más, y la población de adultos mayores, aumentará un 138%, es decir, de 42 millones a 100 millones. Cabe destacar que el aumento de la población adulta mayor en Latinoamérica y el Caribe se remonta, al menos en parte, a los descubrimientos revolucionarios en medicina y en salud pública, especialmente a la reducción de la mortalidad infantil, que comenzó después de 1930, y no a las mejoras en los estándares generales de vida. Esto requiere de modificación de estilos de vida desde edades jóvenes, que les permita alcanzar una esperanza de vida mayor.
Demográficamente Venezuela, presenta un cambio progresivo y acelerado de su pirámide poblacional, observándose la reducción de la base de las pirámides desde 1990 y proyección 2025, indicando una disminución del porcentaje de la población de menor edad, y a su vez un crecimiento del porcentaje de la población adulta. El aumento de la edad media acumulará la mayoría de la población en los grupos que se encuentran en la etapa más productiva de su vida. De acuerdo al Censo de Población y Vivienda del 2011, en Venezuela se registraron 243.425 personas de 80 años y más, cifra que aumentará a 323.575 para  el 2015 (Instituto Nacional de Estadística INE, 2011).
Igualmente en Venezuela para el 2010, se registró una tasa de crecimiento interanual de 1,64% con respecto al año 2009. Entre 1950 y 2011, la población total creció de 5.1 a 27.3 millones de habitantes, con una tasa de crecimiento media anual de 3,37%. En estos años las relaciones de dependencia son las más bajas, es decir, las personas en edad para trabajar (15 a 64 años = 25 millones) tendrán a su cargo menos personas dependientes (menores de 15 años = 4,1 millones y mayores de 64 años = 8,6 millones) (INE, 2014). Al igual que muchos países de América Latina, el proceso de envejecimiento se está dando sin un desarrollo económico capaz de asegurar los recursos necesarios para proporcionar a los grupos de mayor edad una calidad de vida aceptable (Martínez y Fernández, 2008). Según el Informe “Género, Salud y Desarrollo en las Américas: Indicadores Básicos del 2011” (OPS, 2011 p. 3), la Esperanza de Vida a los 60 años es de 77.5 para las mujeres y de 71.6 para los hombres, lo que significa de alguna manera el mejoramiento de los estilos de vida de la población.
De igual manera, la población adulta mayor para el estado Mérida de acuerdo al INE (2011), representa el 6,80%; el 8,06% habita en el Municipio Libertador, población que es atendida en Mérida, por 3 redes ambulatorias “El Llano”, “Venezuela” y “Belén”. La atención ambulatoria se apoya de alguna manera, en la familia del adulto mayor, por lo que equivaldría más o menos, a la misma cantidad de cuidadores familiares, los que ayudan a brindar cuidados de salud en el hogar.
El adulto mayor es una de las prioridades que deben tener los diferentes organismos y niveles de gobierno de un país. El hecho de implementar políticas a favor del adulto mayor de cada región implica una serie de adecuaciones y adaptaciones que beneficien la integridad de este grupo etario. En los últimos treinta años del siglo XX la dinámica demográfica se modificó por el intenso descenso de la fecundidad y como consecuencia, la estructura de las edades de la población también varió. (Fondo de Población de las Naciones Unidas en Venezuela – UNFPA, 2006).
Ahora la preocupación por el cambio poblacional apunta a considerarlo como uno de los problemas socioeconómicos más trascendentes del siglo XXI (Ospina, 2001), y en este proceso, la globalización ha sido fundamental, al ir transformado de manera profunda la concepción del desarrollo, donde el papel de los gobiernos locales y regionales es esencial para la promoción del desarrollo de programas que mejoren su estilo de vida. La meta debe permitir que los individuos disfruten de todos los derechos humanos, ya que la verdadera amenaza no es la  globalización sino la homologación de la vejez. La globalización está ligada tanto a la economía como al envejecimiento de la población.
El mayor impacto social y probablemente económico del envejecimiento, se desprende de los cambios en el estado de salud que conlleva (Ham y Gutiérrez, 2001). Los factores determinantes y condicionantes de la salud del adulto mayor son a nivel individual, el género, la edad, la economía, la educación y la nutrición; a nivel intermedio están la familia, los servicios médico-sociales, la pobreza, el empleo, la vivienda y  las políticas de vejez; y más remoto, se encuentra las políticas de población, el desarrollo y los patrones culturales.
Con base a lo expuesto anteriormente, el estado de salud de la población de edad avanzada en su conjunto, tiene un peso específico que recae en el sistema de salud en mayor o menor grado en función de la eficiencia de éste. En tal contexto de la interdependencia, más que los eventos agudos, es la morbilidad crónico - degenerativa y sus consecuencias no letales, en particular de la dependencia.
  Por otro lado, la Enciclopedia Británica define el envejecimiento como el cambio gradual e intrínseco en un organismo que conduce a un riesgo creciente de vulnerabilidad, pérdida de vigor, enfermedad y muerte (Mishara y Redel, 2000). Tiene lugar en una célula, en un órgano o en la totalidad del organismo de cualquier ser vivo.
En la sociología de la vejez, los sistemas de cuidados se insertan en el campo más amplio de la discusión académica sobre el apoyo social. En la economía del envejecimiento sin embargo, los cuidados se ubican en el ámbito de la seguridad económica, puesto que si las personas mayores debieran pagar por los servicios de asistencia que reciben de sus parientes, seguramente sus probabilidades de ser pobres aumentarían notablemente.
Existen tres fuentes de cuidado en la vejez: la familia, el Estado y el mercado; ninguna de estas instituciones tiene competencia exclusiva en la provisión de cuidado y, como resultado de ello, no siempre existe una clara división entre la asistencia que presta cada una, aunque sí hay diferencias respecto de la responsabilidad principal que se les atribuye. Es por ello, que la red de apoyo más importante para el anciano está constituida de hecho por la familia (Marrugat, 2005), y en su rol de cuidadora de ancianos, ha sido señalada por tener como objetivo, mayor seguridad emocional y mayor intimidad, evitando al mismo tiempo los problemas psicopatológicos de la institucionalización: despersonalización, abandono, negligencia, confusión mental, medicalización exagerada y falta de afecto, entre otros. (Diéguez y De los Reyes, 1999)
El cuidado de los familiares a los ancianos enfermos provoca en ellos problemas de diversa índole: influye en el desarrollo normal de sus actividades laborales, conlleva a privaciones en el cónyuge e hijos y restringe su vida social, generando agotamiento físico, estrés y angustia, e incluso disfunciones o desequilibrio en todos los miembros de la familia (De los Reyes, 2001). En este sentido, cobran vida los cuidadores familiares, es decir, “la persona no profesional que ayuda a título principal, parcial o totalmente, a una persona de su entorno que presenta una situación de dependencia en lo que respecta a las actividades de la vida diaria”. (Confederación de Organizaciones de la Unión Europea. COFACE, 2006. p. 2). Esta ayuda regular puede ser proporcionada de modo permanente o no, y puede adoptar varias formas, particularmente cuidados básicos, ayuda en la educación y vida social, gestiones administrativas, coordinación, vigilancia permanente, apoyo psicológico, comunicación, actividades domésticas, entre otros. 
Cuando se trata del cuidado de las personas en el hogar, la responsabilidad recae principalmente en la familia, especialmente en las mujeres del hogar (Velasco, 2010), bien sea, por asignación sociocultural, elección del enfermo o auto asignación. Sin embargo, existen otros miembros del hogar, vecinos y amigos, que realizan actividades de cuidados adjudicadas a partir de su relación con el adulto mayor, o por la aceptación del mismo, y este se realiza de acuerdo al nivel de responsabilidad asignado y al tiempo disponible del cuidador. En este sentido, las mujeres asumen el liderazgo para la distribución de actividades y realizan las tareas de cuidado directo, y los hombres participan activamente en tareas secundarias y/o de apoyo. (Isla, 2000)
Así mismo, el primer cuidador familiar suele ser el cónyuge y frente al desborde, los hijos, suelen ser quienes toman a cargo la tarea. En la práctica cotidiana son las mujeres las que cuidan de sus maridos afectados por distintas dolencias y habitualmente una de las hijas del matrimonio, es la que debe continuar con la tarea (si es soltera o viuda suele ser la convocada), los hijos varones en muy pocas ocasiones se hacen cargo del cuidado de sus padres. Estas necesidades específicas son el terreno dentro del cual adquiere relieve la figura del cuidador. Hoy día, el trabajo de cuidador, además de continuar siendo ejercido por miembros de la familia, ha adquirido prácticamente niveles de profesionalización, siendo cada día mayor la demanda de cuidadores capacitados, por lo que el tiempo dedicado al cuidado a la salud y las características de los hogares de los cuidadores y enfermos, son claves para determinar la percepción acerca de la realización del cuidado, visto como la acción de cuidar (preservar, guardar, conservar, asistir). El cuidado implica ayudar a la otra persona, tratar de incrementar su bienestar, evitar que sufra algún perjuicio. En este sentido, es necesario conocer los aspectos socioculturales, la dinámica y las necesidades del hogar, así como la percepción de las instituciones sobre el cuidado de los adultos mayores.
La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG, 2004), considera que los motivos por los que se cuida a una persona mayor, es que la mayoría de las personas que cuidan a sus familiares están de acuerdo en que se trata de un deber moral que no debe ser eludido y que existe una responsabilidad social y familiar, y unas normas sociales, que deben ser respetadas. Sin embargo, no es ésta la única razón que puede llevar a las personas a cuidar a sus familiares. La mayor parte de estos cuidadores principales son, como se ha visto, mujeres: esposas, hijas y nueras. Hasta tal punto es así que ocho de cada diez personas que están cuidando a un familiar mayor son mujeres entre 45 y 65 años de edad. (SEGG, 2004)
Una de las principales razones de que la mayoría de los cuidadores sean mujeres es que, a través de la educación recibida y los mensajes que transmite la sociedad, se favorece la concepción de que la mujer está mejor preparada que el hombre para el cuidado, ya que tiene más capacidad de abnegación, de sufrimiento y es más voluntariosa.
Por otro lado, la experiencia de cuidado está muy influenciada por el tipo de relación que mantiene el cuidador y la persona cuidada, antes de que esta última necesitara ayuda para continuar respondiendo a las demandas de la vida cotidiana. El parentesco existente entre el cuidador y la persona cuidada es un factor importante que influye en gran medida en la experiencia de cuidado.
Entre tanto, ocurren diversas situaciones en la vida de los ancianos, tales como la pérdida de la familia, recursos económicos insuficientes, conflictos familiares, y el hábitat en viviendas inadecuadas, que interfieren en el desarrollo de su vida. Esto hace igual la particularidad de que los cuidados que deban brindarse a los adultos mayores, estén condicionados por ciertas características, sociales, económicas, culturales y educativas tanto de la persona cuidada como del cuidador, lo que hace pensar que el conocimiento y la experiencia del cuidador, son herramientas esenciales que permiten la satisfacción de las necesidades de la vida diaria del adulto mayor.
En este sentido, cuidar a un adulto mayor en el hogar, ofrece una gran cantidad de oportunidades y experiencias para aprender a cuidar al anciano, siempre y cuando estén dadas las condiciones sociosanitarias, económicas, de relaciones y educativas del cuidador. Asimismo, esta relación permite un aprendizaje y la estructuración de toda una serie de ideas, creencias y conceptos que los cuidadores van desarrollando en relación con el cuidado del anciano, razón por la cual se torna fundamental, rescatar sus opiniones, experiencias, sensaciones y emociones derivadas de su vida cotidiana. 
Con base a lo anterior, Pinto (2006), hace referencia de una relación transpersonal “paciente – cuidador”, y señala que “el cuidador puede ser el profesional de enfermería, o un miembro de la familia o cualquier otro miembro del equipo de salud y por las acciones para brindar cuidado e un amigo o un vecino” (p. 57), ya que ejemplifica el proceso de cuidado humano a humano y demuestra la mezcla de conocimiento científico de enfermería y el arte de la experiencia interpersonal. El valor del cuidado humano y cuidar implica un nivel más alto del espíritu del ser. Cuidar involucra un compromiso ético o moral hacia la protección de la dignidad humana. Para Watson (1988), en Rivera y Alvarado (2007), el cuidado significa “tratar al individuo como persona, preocupación y empatía, proceso de comunicación y esfuerzo extra, ya que es un fenómeno social universal que sólo resulta efectivo si se practica en forma interpersonal” (p. 5).
Las experiencias se pueden ver reflejadas en las representaciones sociales que estos cuidadores tienen con respecto al envejecimiento y por consiguiente a las acciones para brindar cuidado en esta fase de la vida, y se construyen a partir de la objetivación, es decir de la consistencia dada a las ideas y coherencia entre las acciones y las palabras, y a través de la aplicación de ese esquema conceptual, a la realidad social y la vida cotidiana, es decir, al desarrollo de actos y de actitudes en la sociedad. (Moscovici, 1961). En este sentido, la percepción del cuidado brindado por los cuidadores familiares se estructuran con base a tres dimensiones: la información, la actitud y el campo representacional. (Araya, 2002)
La información se relaciona con los conocimientos que los cuidadores tienen acerca del adulto mayor a partir de la comunicación compartida socialmente y del tipo o forma de proveer los cuidados de acuerdo a la capacidad funcional; de la muestra de las emociones y la sensibilidad (actitud) que genera en el cuidador el adulto mayor, y del campo representacional que se refiere al modelo o imagen que el cuidador se hace de la acción del cuidado del adulto mayor (Rodríguez, Andrade y Marques (2011). Cada cuidador es diferente, no puede interpretarse de una manera estática y lineal la transición de la persona cuidadora. A lo largo del proceso de cuidar, se irán manifestando sentimientos y conductas propias de diferentes etapas y se observarán avances y retrocesos.  
Los adultos mayores como parte de su proceso de envejecimiento, se tornan más dependientes lo que hace que necesiten ser cuidados por otras personas, por lo que el interés principal es identificar las representaciones sociales elaboradas por los cuidadores familiares, con respecto a sus experiencias particulares (cuidados), durante sus actividades cotidianas. El adulto mayor al igual que los cuidadores familiares, tienen un sinfín de necesidades que deben de cubrir. Muchas de ellas son más del ámbito social y emocional que físico, las cuales sí son atendidas de manera oportuna, la calidad de vida sería mejor.

Referencias bibliográficas

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