EL
CUIDADOR FAMILIAR Y LA MAGNITUD DEL CUIDADO DEL ADULTO MAYOR
Velasco
Asdrúbal (Dr.)
Profesor Titular a Dedicación Exclusiva. Dr.
Ciencias Humanas, Universidad de Los Andes. Mérida, Venezuela. Correo: asdrubalvelasco49@gmail.com
La
situación demográfica actual a nivel mundial indica claramente la tendencia al
crecimiento de los grupos de personas que superan los 60 años de edad. Desde
las últimas décadas, en la población mundial se ha incrementado el número de
envejecientes, quienes cotidianamente plantean diversidad de necesidades
acordes a esa etapa de la vida. El envejecimiento individual ha estado presente
como objeto de estudio en todas las etapas del desarrollo social y ha sido
siempre de interés para la filosofía, el arte y la medicina. Sin embargo,
durante el presente siglo más personas sobrepasan las barreras cronológicas que
el hombre ha delimitado como etapa de vejez y el envejecimiento poblacional se
ha convertido hoy en un reto para las sociedades modernas.
La
Oficina Panamericana de la Salud (OPS, 2014), en un informe preparado en
conjunto con el Instituto Merck para el Envejecimiento y la Salud en América
Latina y el Caribe (MIAH), refieren que para el 2025, al menos el 10% de la
población tendrá 60 años o más, y la población de adultos mayores, aumentará un
138%, es decir, de 42 millones a 100 millones. Cabe destacar que el aumento de
la población adulta mayor en Latinoamérica y el Caribe se remonta, al menos en
parte, a los descubrimientos revolucionarios en medicina y en salud pública,
especialmente a la reducción de la mortalidad infantil, que comenzó después de
1930, y no a las mejoras en los estándares generales de vida. Esto requiere de
modificación de estilos de vida desde edades jóvenes, que les permita alcanzar
una esperanza de vida mayor.
Demográficamente Venezuela, presenta un
cambio progresivo y acelerado de su pirámide poblacional, observándose la
reducción de la base de las pirámides desde 1990 y proyección 2025, indicando
una disminución del porcentaje de la población de menor edad, y a su vez un
crecimiento del porcentaje de la población adulta. El aumento de la edad media
acumulará la mayoría de la población en los grupos que se encuentran en la
etapa más productiva de su vida. De acuerdo al Censo de
Población y Vivienda del 2011, en Venezuela se registraron 243.425 personas de
80 años y más, cifra que aumentará a 323.575 para el 2015 (Instituto Nacional de Estadística
INE, 2011).
Igualmente en Venezuela para el 2010, se registró una tasa de
crecimiento interanual de 1,64% con respecto al año 2009. Entre 1950 y 2011, la población total creció de 5.1 a 27.3
millones de habitantes, con una tasa de crecimiento media anual de 3,37%. En
estos años las relaciones de dependencia son las más bajas, es decir, las
personas en edad para trabajar (15 a 64 años = 25 millones) tendrán a su cargo
menos personas dependientes (menores de 15 años = 4,1 millones y mayores de 64
años = 8,6 millones) (INE, 2014). Al igual que muchos países de América Latina,
el proceso de envejecimiento se está dando sin un desarrollo económico capaz de
asegurar los recursos necesarios para proporcionar a los grupos de mayor edad
una calidad de vida aceptable (Martínez y Fernández, 2008). Según el Informe
“Género, Salud y Desarrollo en las Américas: Indicadores Básicos del 2011”
(OPS, 2011 p. 3), la Esperanza de Vida a los 60 años es de 77.5 para las
mujeres y de 71.6 para los hombres, lo que significa de alguna manera el
mejoramiento de los estilos de vida de la población.
De igual manera, la población adulta mayor para el estado
Mérida de acuerdo al INE (2011), representa el 6,80%; el 8,06% habita en el
Municipio Libertador, población que es atendida en Mérida, por 3 redes
ambulatorias “El Llano”, “Venezuela” y “Belén”. La atención ambulatoria se
apoya de alguna manera, en la familia del adulto mayor, por lo que equivaldría
más o menos, a la misma cantidad de cuidadores familiares, los que ayudan a
brindar cuidados de salud en el hogar.
El adulto mayor es una de las prioridades que deben tener
los diferentes organismos y niveles de gobierno de un país. El hecho de
implementar políticas a favor del adulto mayor de cada región implica una serie
de adecuaciones y adaptaciones que beneficien la integridad de este grupo
etario. En los últimos treinta años del siglo XX la dinámica demográfica se
modificó por el intenso descenso de la fecundidad y como consecuencia, la
estructura de las edades de la población también varió. (Fondo de Población de
las Naciones Unidas en Venezuela – UNFPA, 2006).
Ahora la preocupación por el cambio poblacional apunta a
considerarlo como uno de los problemas socioeconómicos más trascendentes del
siglo XXI (Ospina, 2001), y en este proceso, la globalización ha sido
fundamental, al ir transformado de manera profunda la concepción del
desarrollo, donde el papel de los gobiernos locales y regionales es esencial
para la promoción del desarrollo de programas que mejoren su estilo de vida. La
meta debe permitir que los individuos disfruten de todos los derechos humanos,
ya que la verdadera amenaza no es la
globalización sino la homologación de la vejez. La globalización está
ligada tanto a la economía como al envejecimiento de la población.
El mayor impacto social y probablemente económico del
envejecimiento, se desprende de los cambios en el estado de
salud que conlleva (Ham y Gutiérrez, 2001). Los factores determinantes y
condicionantes de la salud del adulto mayor son a
nivel individual, el género, la edad, la economía, la educación y la nutrición; a nivel intermedio están la familia, los
servicios médico-sociales, la pobreza, el empleo, la vivienda y las políticas de vejez; y más remoto, se
encuentra las políticas de población, el desarrollo y los patrones culturales.
Con
base a lo expuesto anteriormente, el estado de salud de la población de edad
avanzada en su conjunto, tiene un peso específico que recae en el sistema de
salud en mayor o menor grado en función de la eficiencia de éste. En tal
contexto de la interdependencia, más que los eventos agudos, es la morbilidad
crónico - degenerativa y sus consecuencias no letales, en particular de la
dependencia.
Por
otro lado, la Enciclopedia Británica define el envejecimiento como el cambio gradual e intrínseco en
un organismo que conduce a un riesgo creciente de vulnerabilidad, pérdida de
vigor, enfermedad y muerte (Mishara y Redel, 2000). Tiene lugar en una célula, en un órgano o en la totalidad
del organismo de cualquier ser vivo.
En la sociología de la vejez, los sistemas de cuidados se insertan en
el campo más amplio de la discusión académica sobre el apoyo social. En la
economía del envejecimiento sin embargo, los cuidados se ubican en el ámbito de
la seguridad económica, puesto que si las personas mayores debieran pagar por
los servicios de asistencia que reciben de sus parientes, seguramente sus
probabilidades de ser pobres aumentarían notablemente.
Existen
tres fuentes de cuidado en la vejez: la familia, el Estado y el mercado; ninguna
de estas instituciones tiene competencia exclusiva en la provisión de cuidado
y, como resultado de ello, no siempre existe una clara división entre la
asistencia que presta cada una, aunque sí hay diferencias respecto de la
responsabilidad principal que se les atribuye. Es por ello, que la
red de apoyo más importante para el anciano está constituida de hecho por la
familia (Marrugat, 2005), y en su rol de cuidadora de ancianos, ha sido
señalada por tener como objetivo, mayor seguridad emocional y mayor intimidad,
evitando al mismo tiempo los problemas psicopatológicos de la
institucionalización: despersonalización, abandono, negligencia, confusión
mental, medicalización exagerada y falta de afecto, entre otros. (Diéguez y De
los Reyes, 1999)
El
cuidado de los familiares a los ancianos enfermos provoca en ellos problemas de
diversa índole: influye en el desarrollo normal de sus actividades laborales,
conlleva a privaciones en el cónyuge e hijos y restringe su vida social,
generando agotamiento físico, estrés y angustia, e incluso disfunciones o
desequilibrio en todos los miembros de la familia (De los Reyes, 2001). En este
sentido, cobran vida los cuidadores familiares, es decir, “la persona no
profesional que ayuda a título principal, parcial o totalmente, a una persona
de su entorno que presenta una situación de dependencia en lo que respecta a
las actividades de la vida diaria”. (Confederación de Organizaciones de la
Unión Europea. COFACE, 2006. p. 2). Esta ayuda regular puede ser proporcionada
de modo permanente o no, y puede adoptar varias formas, particularmente
cuidados básicos, ayuda en la educación y vida social, gestiones
administrativas, coordinación, vigilancia permanente, apoyo psicológico,
comunicación, actividades domésticas, entre otros.
Cuando
se trata del cuidado de las personas en el hogar, la responsabilidad recae
principalmente en la familia, especialmente en las mujeres del hogar (Velasco,
2010), bien sea, por asignación sociocultural, elección del enfermo o auto
asignación. Sin embargo, existen otros miembros del hogar, vecinos y amigos,
que realizan actividades de cuidados adjudicadas a partir de su relación con el
adulto mayor, o por la aceptación del mismo, y este se realiza de acuerdo al
nivel de responsabilidad asignado y al tiempo disponible del cuidador. En este
sentido, las mujeres asumen el liderazgo para la distribución de actividades y
realizan las tareas de cuidado directo, y los hombres participan activamente en
tareas secundarias y/o de apoyo. (Isla, 2000)
Así
mismo, el primer cuidador familiar suele ser el cónyuge y frente al desborde,
los hijos, suelen ser quienes toman a cargo la tarea. En la práctica cotidiana
son las mujeres las que cuidan de sus maridos afectados por distintas dolencias
y habitualmente una de las hijas del matrimonio, es la que debe continuar con
la tarea (si es soltera o viuda suele ser la convocada), los hijos varones en
muy pocas ocasiones se hacen cargo del cuidado de sus padres. Estas necesidades
específicas son el terreno dentro del cual adquiere relieve la figura del
cuidador. Hoy día, el trabajo de cuidador, además de continuar siendo ejercido
por miembros de la familia, ha adquirido prácticamente niveles de
profesionalización, siendo cada día mayor la demanda de cuidadores capacitados,
por lo que el tiempo dedicado al cuidado a la salud y las características de
los hogares de los cuidadores y enfermos, son claves para determinar la
percepción acerca de la realización del cuidado, visto como la acción de cuidar
(preservar, guardar, conservar, asistir). El cuidado implica ayudar a la otra
persona, tratar de incrementar su bienestar, evitar que sufra algún perjuicio.
En este sentido, es necesario conocer los aspectos socioculturales, la dinámica
y las necesidades del hogar, así como la percepción de las instituciones sobre
el cuidado de los adultos mayores.
La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología
(SEGG, 2004), considera que los motivos por los que se cuida a una persona
mayor, es que la mayoría de las personas que cuidan a sus familiares están de
acuerdo en que se trata de un deber moral que no debe ser eludido y que existe
una responsabilidad social y familiar, y unas normas sociales, que deben ser
respetadas. Sin embargo, no es ésta la única razón que puede llevar a las
personas a cuidar a sus familiares. La mayor parte de estos
cuidadores principales son, como se ha visto, mujeres: esposas, hijas y nueras.
Hasta tal punto es así que ocho de cada diez personas que están cuidando a un
familiar mayor son mujeres entre 45 y 65 años de edad. (SEGG, 2004)
Una
de las principales razones de que la mayoría de los cuidadores sean mujeres es
que, a través de la educación recibida y los mensajes que transmite la
sociedad, se favorece la concepción de que la mujer está mejor preparada que el
hombre para el cuidado, ya que tiene más capacidad de abnegación, de
sufrimiento y es más voluntariosa.
Por otro lado, la experiencia de cuidado está muy
influenciada por el tipo de relación que mantiene el cuidador y la persona
cuidada, antes de que esta última necesitara ayuda para continuar respondiendo
a las demandas de la vida cotidiana. El parentesco existente entre el cuidador
y la persona cuidada es un factor importante que influye en gran medida en la
experiencia de cuidado.
Entre
tanto, ocurren diversas situaciones en la vida de los ancianos, tales como la
pérdida de la familia, recursos económicos insuficientes, conflictos
familiares, y el hábitat en viviendas inadecuadas, que interfieren en el
desarrollo de su vida. Esto hace igual la particularidad de que los cuidados
que deban brindarse a los adultos mayores, estén condicionados por ciertas
características, sociales, económicas, culturales y educativas tanto de la
persona cuidada como del cuidador, lo que hace pensar que el conocimiento y la
experiencia del cuidador, son herramientas esenciales que permiten la
satisfacción de las necesidades de la vida diaria del adulto mayor.
En
este sentido, cuidar a un adulto mayor en el hogar, ofrece una gran cantidad de
oportunidades y experiencias para aprender a cuidar al anciano, siempre y
cuando estén dadas las condiciones sociosanitarias, económicas, de relaciones y
educativas del cuidador. Asimismo, esta relación permite un aprendizaje y la
estructuración de toda una serie de ideas, creencias y conceptos que los
cuidadores van desarrollando en relación con el cuidado del anciano, razón por
la cual se torna fundamental, rescatar sus opiniones, experiencias, sensaciones
y emociones derivadas de su vida cotidiana.
Con
base a lo anterior, Pinto (2006), hace referencia de una relación transpersonal
“paciente – cuidador”, y señala que
“el cuidador puede ser el profesional de enfermería, o un miembro de la familia
o cualquier otro miembro del equipo de salud y por las acciones para brindar
cuidado e un amigo o un vecino” (p. 57), ya que ejemplifica el proceso de
cuidado humano a humano y demuestra la mezcla de conocimiento científico de
enfermería y el arte de la experiencia interpersonal. El valor del cuidado
humano y cuidar implica un nivel más alto del espíritu del ser. Cuidar
involucra un compromiso ético o moral hacia la protección de la dignidad
humana. Para Watson (1988), en Rivera y Alvarado (2007), el cuidado significa
“tratar al individuo como persona, preocupación y empatía, proceso de
comunicación y esfuerzo extra, ya que es un fenómeno social universal que sólo
resulta efectivo si se practica en forma interpersonal” (p. 5).
Las
experiencias se pueden ver reflejadas en las representaciones sociales que
estos cuidadores tienen con respecto al envejecimiento y por consiguiente a las
acciones para brindar cuidado en esta fase de la vida, y se construyen a partir
de la objetivación, es decir de la consistencia dada a las ideas y coherencia
entre las acciones y las palabras, y a través de la aplicación de ese esquema
conceptual, a la realidad social y la vida cotidiana, es decir, al desarrollo
de actos y de actitudes en la sociedad. (Moscovici, 1961). En este sentido, la
percepción del cuidado brindado por los cuidadores familiares se estructuran
con base a tres dimensiones: la información, la actitud y el campo
representacional. (Araya, 2002)
La
información se relaciona con los conocimientos que los cuidadores tienen acerca
del adulto mayor a partir de la comunicación compartida socialmente y del tipo
o forma de proveer los cuidados de acuerdo a la capacidad funcional; de la
muestra de las emociones y la sensibilidad (actitud) que genera en el cuidador
el adulto mayor, y del campo representacional que se refiere al modelo o imagen
que el cuidador se hace de la acción del cuidado del adulto mayor (Rodríguez, Andrade y Marques (2011). Cada
cuidador es diferente, no puede interpretarse de una manera estática y lineal
la transición de la persona cuidadora. A lo largo del proceso de cuidar, se
irán manifestando sentimientos y conductas propias de diferentes etapas y se
observarán avances y retrocesos.
Los adultos mayores
como parte de su proceso de envejecimiento, se tornan más
dependientes lo que hace que necesiten ser cuidados por otras personas, por lo
que el interés principal es identificar las representaciones sociales
elaboradas por los cuidadores familiares, con respecto a sus experiencias
particulares (cuidados), durante sus actividades cotidianas. El adulto mayor al
igual que los cuidadores familiares, tienen un sinfín de necesidades que deben
de cubrir. Muchas de ellas son más del ámbito social y emocional que físico, las
cuales sí son atendidas de manera oportuna, la calidad de vida sería mejor.
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